Cuando abriste esa puerta pensé: “Es demasiada luz, no hay horizonte”.
Si el pánico me atravesó, supiste borrármelo a fuerza de noches en vela y brebajes verdes.
Al tiempo volví a pensar. Y nuevamente se deshizo la tierra que sostenía mis años. Otra vez me trajiste de la duda con la fuerza inacabable de tus alas. Y con el viento. Con la frágil burbuja de la esperanza.
Casi no volví a pensar.
Me soportaron los pilares de tus ojos; me soportaron el sueño y el cansancio. El tiempo acumuló saberes y escrituras. Construyó un mundo nuevo fecundado con la sal de antiguos pensamientos.
Entendí que lo harías, que dejarías de mirar atrás para tejer un cielo rojo en el presente.
Vi como la puerta se entornaba, despacito, salpicada de mate y de miedo.
Para cuando volví a pensar, ya estabas con corbata listo y perfumado. Estoico. Hombre.
Cerraste la puerta un viernes. Y te pedí, pensándolo, que abras una nueva.









